2/27/2016

Egoísmo del bueno

Empiezo el día tarde pero no tanto. Que sea antes de las 11 un sábado sin trabajo, es como levantarse un lunes a las 8. Me preparo el desayuno, ya saben, té y unas galletas, enciendo la PC y me concentro como si algo maravilloso pudiera pasar. No veo nada importante, decido poner música y como si fuera una tarea que requiere mucha disciplina, le doy play a una de esas canciones que me regalaron y adoro escuchar, sólo que ya no como antes. Es casi imposible no sacar esa bolsita de sentimientos que hago nacer de mis ojos y recorre mi cara hasta llegar al acantilado donde decide saltar.
Innumerables son las veces que pienso el porqué de tal martirio, ¿qué gano haciendolo una y otra vez? (aunque por suerte no muy seguido). ¿Me habré hecho dependiente del dolor o la esperanza?.
Si es la esperanza, debo decir que no se nota. Ahora que lo pienso, ya no busco (muy muy poco) que venga con esos abrazos que reconfortan, ya no imagino un presente paralelo y mucho menos un futuro junto a él. Ahora que no hago eso que antes hacía me siento extraña, entregada al dolor o a la esperanza. La diferencia entre ambos conceptos es grande, lo sé, no son sinónimos, pero es que no sé qué me pasa. Porque a veces acepto llorar y pensar en eso que fuimos como también eso que pudimos/podemos ser, pero otras, y por suerte estas son más, otras veces me acontento pensando lo inteligente que fui. Y es aquí donde entra la automotivación, el respeto y mi autocoronación.
Es aquí cuando me hago responsable lo todo lo que decidí sufrir. Es ahora, sí, ahora cuando sola me abrazo y me hablo, cuando me motivo y me pregunto.
Soy yo la que se preocupa por si como, si salgo, si necesito algo. Es ahora cuando reconozco la muerte de mis padres. Es ahora cuando me río de estupidez, su cuerpo y mente enferma. Me automotivo agradeciendo la carencia de equilibrio en la casa donde nací. Me río, intento hacerlo más fuerte para recordar el momento.
¿Qué tan mal estuve para merecer eso?, increíble. Me di cuenta de todo cuando pasé unos días en estado vegetativo. ¿Y él?, bueno, ¿qué más pensar?, ya bastante tengo con mi autoreflexión como para sumar la ajena.
¿Hasta dónde puede llegar la estupidez humana?, es infinita y sí lo es, de verdad, os lo confirmo.
Una vez conocí una persona que día a día me sorprendía con sus contradicciones. De mentir e inventar cosas, se autoproclamó personaje ilustre de la enfermedad. Sí, la estupidez es infinita.
Pero lo más estúpido es conocerla de cerca, es tenerla en tus manos y ver cómo gira en círculo.
Qué bueno que ya puedo omitir los mensajes indirectos y sí, también esa estupidez que a veces aparece en forma de piedrita que cae a mis pies. ¡Qué bueno que soy capaz de hablar, de decir lo que siento!, ¡qué bueno que no tengo casa!, ¡qué hermoso ser huérfana en momentos como estos!.
Amo no seguir los juegos de una persona enferma y decrépita, amo darle poca importancia a todo aquello que decida darse sin orgullo, sin cara. Amo escupir sobre un recuerdo que no me genera nada bueno. Aunque sí, todo sirve para construir, no pienso lo contrario, sólo que hay que pensarlo por bloques, por momentos.
Qué lindo, qué bello, qué hermoso es levantar la cabeza junto a la mirada. ¡Qué lindo es hacerle frente a los sentimientos!, sea que haya ido mal o bien, ir junto a ellos te deja satisfecho.
Ojalá algún día su punto de vista cambie. Ojalá un día se levante con ganas de dejar la enfermedad en el pasado.
Ojalá este texto se escriba con otras palabras y por otra persona.
Ojalá que las lágrimas que derramamos le sirvan a quienes carecen de ríos y océanos para sentirse uno. Ojalá.

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