1/29/2016

Cosas que rescato

Veo un pedacito de él en algunas fotos y mi cabeza imagina el resto.
Su camisa apretada por los kilos que subió en los últimos años, sus mejillas que tanto detestaba y que yo tanto amaba comer.
Media cabeza, su oreja, sus pelos en la nuca que casi llegaban a los hombros. Unas canas y su cabello negro que por la noche fundía perfectamente con su cuerpo, moreno, de un color similar al chocolate por su sabor.
Otra foto, esta es nuestra y no hay nada que imaginar. Estamos los dos. Su mirada penetrante y temerosa. Su inexistente sonrisa y yo, sonriendo. Nunca me costó hacerlo, compartirla tampoco.
Dejo las fotos a un lado.
Pienso.
El trabajo más difícil que tuve fue hacerlo reír. He conocido personas quejosas, aburridas, cansadas, nerviosas, no sé, de todo, pero entre toda esa muchedumbre, él fue el único que poco me sonrió. Tuvo que pasar meses para conocer el porque, y sin ir mucho más allá, desánimos, dolores y peleas, si así se pueden llamar.
Paso a un video. No lo veo, sólo lo escucho; está riendo. Imagino su sonrisa, esa sonrisa que cuando la vi y escuché, se acopló con mis ondas y me abrazó. Fue una tarde como otras, pero con un hombre de rojo y calzones amarillos, que nos hizo de cura para unirnos en un matrimonio ficticio.

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