7/07/2015

Zoológico de cobardes

Esta historia la escribí estando en un zoológico, no sé qué fue lo que me llevó allí, pero allí estaba.

Es un lugar extraño, el único espécimen que tienen es uno que está tirado en una jaula bastante grande. Es una mezcla entre un castor, una nutria y un perezoso. Está echado, parece estar muerto, pero no. Entro en apnea unos segundos y controlo si se mueve. Sí, respira.
Pobre animal, está ahí tirado, sin ganas de nada. Seguro que ya se acostumbró a vivir en esta jaula, y eso que tiene todo lo necesario; juegos, comida, espacio... bueno, no tiene hectáreas pero sí tiene un buen espacio para moverse. ¡Qué cosas, qué malo es el ser humano!, ¿por qué aceptamos este tipo de cosas?. Él no puede seguir aquí... ¡oigan!, ¡hey!... grito para llamar la atención de todos pero no hay nadie.
Ese pobre animalito... ¡hey, psss!, ¡castor, nutria, perezoso!, ¡hey tu, el que está tirado, mírame!, ¡tsss tsss!... nada. ¡Pero qué animal pelotudo!.
Salto la valla, escondo la panza a más no poder, atravieso los barrotes y corro hacia él.
¡Hey!, no hay nadie, vamos que te llevo, le dije. No me respondía, ni una mirada me regalaba.
Hey, vamos, tu puedes, mírame. Necesitaba una mirada para que entendiera mis intensiones. Puede que no entienda mis palabras, es normal, soy un humano y él un animal, pero ¿una mirada?, eso sí debería hacernos entender.
Hey, animalito, vamos, mírame... yo te cargaré y te sacaré de aquí. No puedes vivir aquí, tirado y aceptando todo esto. Hay más cosas afuera. Ven, regálame una mirada. Sólo una...
Él seguía tendido, sin moverse. ¡Hey, basta!, tomé su cara y conecté las miradas a la fuerza.
Mírame cobarde, eres el único espécimen de este gran zoológico y yo soy la única que pago por entrar a esta mierda de atracción. No hay nadie más que nos vigile. Voy a levantarte y no quiero que me muerdas.
Lo levanté, tenía el cuerpo bastante frío y flácido. Lo levanté y salí de allí, busqué la salida más cercana y corrí.
¡Qué gorda antideporte que soy!, dos pasos y sentí que el corazón se me salía. No sé cómo lo soporté y seguí corriendo. Corrí hasta llegar a casa. Fueron bastantes kilómetros, ¡increíble!, fue todo un logro.
Llegué a casa y lo tendí sobre mi cama, lo tapé y fui por agua. Le mojé los labios y me quedé cuidándolo. Seguía sin mirarme, seguía en coma.
Tomé una silla y me senté a su lado, me quedé toda la noche cuidando de él. Cada tanto le daba una caricia para que me sintiera, que supiera que estaba a su lado, cuidándolo como nadie lo había hecho.

No hay comentarios.: