7/20/2015

Día 3 o 4, creo, en fin, de los primeros


Empezamos el encuentro sentados bajo el monumento de la ciudad. Como era de costumbre, empezar una charla nos era fácil, entre pregunta y pregunta habían comentarios que nada tenían que ver entre sí. Teníamos el centro de la ciudad frente a nosotros. Al darle tantas miradas, de corazón te salió hablar de los edificios que nos acompañaban. Fue la primera vez que me hablabas de tu pasión, del hobby que dejaste perdido en algún lugar de tu vida. Me los nombraste como si fueran figuritas repetidas, los conocías casi de memoria.
Bajó la noche y el cielo se tiñó de naranja. Tomé una foto para recordarlo con más fuerza, era una sabia y extraña naturaleza; hecha de cemento, fierros y espejos.
La tarde nos apuró y el cansancio nos dio la oportunidad de acercarnos. Me acosté para ver el cielo, detalle hermoso donde quiera se esté. Me acompañaste y te acostaste, hablamos y rara vez nos miramos. Hasta ese entonces no te había comentado sobre mi problema, no sabías lo seca que puedo ser hasta decidirme a probarte. Acostada decido mirarte mientras me hablas. Sentí tranquilidad, quería que me tocaras el pelo, que me acariciaras, quería sentir esa incomodidad que me hace estallar y ser más espontánea. Pero no, no pasó nada. Pero para mi sí, lo imaginé tan claro que sentí que así había sido.

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