5/04/2015

El día en que el amor se hizo cotidiano


Podría decir que me he enamorado, que nuevamente me llegó la hora. Me tomó un tiempo, largo, seguramente mucho más que a ti, pero soy de las que piensa dos veces las cosas.
Sí, puede que el sueño de la razón produzca monstruos, bestias con las que me tocará luchar hasta que mi corazón funcione como órgano principal. Puede que la señal se haya desvanecido con los vientos que soplaron a mi favor, pero es que para mi, el amor no es fácil. Lo hago difícil, no sé porque. Creo tener un problema, un soplo en el corazón.
Me cuesta ver la belleza de la naturaleza. Para mi, las flores no son flores, los abrazos son empujones, las caricias trampas y las palabras jaulas.
Quiero dejarte en claro que me cuesta interpretarte, no puedo mirarte a los ojos y seguir tu mirada, me pone nerviosa. Cuando veas que no te busco es porque estoy bien en mi aislamiento, me siento protegida, a gusto. Es raro decirlo, pero desde lejos también te presto atención. Cuando me hablas y veo hacia el horizonte, cuando me tocas y me muevo o cuando me besas y te hablo, es porque lo necesito, es automático.
Nada de lo que hagas es en vano, todo lo que haces entra a mi cabeza, te siento.
Cuando me di cuenta que me había vuelto a enamorar, me quedé perpleja por la belleza del día, pero mi día, ese que no puedes entender, pero sé que con dedicación lo entenderías.
En medio del caos de mi habitación encontré la paz, la armonía, la belleza. Era una toalla. Colgaba de forma tan perfecta que me sedujo. Una sensación que sólo podría describirla con deseos de utopía, llena de emoción y esperanza.
El amor que todos suelen describir como mariposas en la panza, era para mi eso que colgaba. Los pliegues perfectos, las ondas y un conjunto de sombras que equilibraban el color para no cansar mis ojos.
Era la perfección. Oda a la verdad, a la religión, al conocimiento. Era la caída perfecta, rápida pero duradera; una caída triangular.

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