8/05/2014

En el tercer piso del MAC de Bogotá


En aquellos días las cotidianidades de la ciudad me parecían una maravilla. Las calles vibraban armonía. Las paredes con más de doscientos años me cuidaban y me recomendaban el camino a elegir.
Nadie sabía que a las afueras la guerrilla circundaba la capital. Todo se vestía de fiesta, como la que nos esperaba en diciembre.
En navidad estaría en Cali, compartiendo una mesa en familia, llena de deseos, bendiciones y sonrisas. Año nuevo, otra cosa. Me había prometido una aventura. Como si girara el globo terráqueo y puntara con mi dedo sobre un lugar, próximo destino. Pero no, la idea de aventura era allí. Bogotá iba a ser el inicio de un nuevo año, la sede de una historia con potencial Nobel.

Hacía poco que había llegado, en esos días las atracciones turísticas me habían hurtado los pensamientos. Además, conmigo estaba un amigo que no paraba de contarme los secretos de su país.
Hablaba muy bien de Bogotá, y eso que él era de Cali. Era un nacionalista de corazón. Amaba las verdades y las oportunidades.
Ese día quisimos ver sentimientos; no éramos sinestésicos ni intentábamos serlo. Queríamos admirar las luchas en las obra. Y así fue que nos fuimos al Museo de Arte Comtemporáneo de Bogotá.
Era un pequeño fuerte preparado con muchas luces para ser visto por las noches, y tan blanco que parecía una nube más.

Entramos y después de dar unos cinco pasos lo vi. No se con quien estaba, ni lo que estaba haciendo. Bueno, seguramente estaba admirando lo que tenía delante suyo; pero yo no entendía nada.
Fue uno de esos momentos en los que pierdes la cabeza, literalmente. De repente mis ojos lo centraron y su alrededor quedó fuera de foco.
No dudé en acercarme y sin analizar dos veces mis palabras, lo saludé como si ya nos hubiéramos visto.
-¡Hey, ¿qué hacés?, qué loco encontrarte por aca!.
Sin dudas la loca era yo. Él era de allí. Pero no pude decir otra cosa. Casi no habló, lo agarré por sorpresa. Se sorprendió de tal forma que sentí que lo intimidé.
Lo abracé y le dije que luego nos veíamos, creyendo nuevamente que en algún momento me podría contactar.
Mi amigo me miró y me dijo:
-¿Quién es?
-Yo: Es un amigo, que loco encontrarlo por aca... no me lo esperaba.
-OK, bueno... vamos por aquí que todavía quedan dos pisos por ver.
Seguí el recorrido. No se si el lugar tenía alguna relación con los caracoles, pero sentía que circulaba por pasillos que me llevaban hacia lo alto.
La sorpresa del regalo me había dejado pensamientos, era demasiado bonito y su timidez me había enamorado. Era la obra que nadie había adquirido, la más hermosa. Era la obra de aquel artista joven que no mezcla ideales. Una obra hecha puramente de sentimientos.

Entre cuadros, esculturas y videos, llegué a la cúspide. Dejé las escaleras y pisé el tercer piso con el pié derecho. Fue involuntario, no lo hice cual jugador con cábala.
Y allí estaba nuevamente... por unos minutos me enloquecieron los pensamientos, tanto que decidí cortar con ellos.
Me le acerqué, lo llamé por su nombre, se dio vuelta, y con ambas manos atrapé su cara y lo besé.
No le di tiempo a que me rechazara. Lo hice sin dudarlo. Era lo más bello que había en todo ese recinto
La gente nos vio. Muchos se sorprendieron y nos regalaron sonrisas, otros, comentarios envidiosos.
Fuimos El Beso de Rodín y la performance que el museo carecía.
Concretamos y sentí que aceptó las palabras que hasta ese momento, había callado para algún día decirlas de la única forma que pudiera entender, un beso.

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