2/05/2014

Alguien más.


En las dudas era fácil encontrar lugar. Se sentaba y veía los demás pasar.
Con ojos misteriosos, de un lejano oeste de película, ahuyentaba cada persona se acercara a una foto de ella. Eran solo posters por las calles. Eran frases y propaganda militante.
Para él, todos la querían. Todos querían tener lo mejor. Era una lucha de buítres. De seres socialmente aceptados, de hombres con doble cara.
Pero igual, él no quería apresurarse.

Yo lo veía desde mi ventana. Seguía cada movimiento hiciera. Seguía cada gesto involucrara con sus ojos.
Sus expresiones lo delataban.
Si bien se movía lo menos posible, si bien no levantaba sospechas, si bien no hablaba con nadie. Solo yo, desde lo más alto de esta torre, podía verlo.
Tenía el zoom preparado. Siempre en la mira. Era algo bastante raro, a veces me sentía culpable; pero era mi trabajo.

Cada día, cuando bajaba de planta, abría su cara. Sus ojos pasaban a tener una abertura normal.
Estaba en su realidad. La de todos los días. En la que aceptaba sin dudar.
Caminaba por su trabajo con una taza de café en mano. Saludaba a sus compañeros y se sentaba en su pc.
Trabajaba y en el mientras la buscaba.
Sus días eran arriba y abajo. Arriba para dudar, abajo para relajar. Era una relación inseparable.
No se había dado cuenta que sus años no le habían demostrado nada.
La edad se había vuelto tabú. Cuando creía conocer el misterio, conoció lo contrario.
Se estaba volviendo loco. Su mente le jugaba sucio. Era la calma de unos meses independientes, libres de utopías y concentrados en libros de antaño.
Era hoy, cuando todo se tornaba diferente. Era ella, quien lo había enloquecido.
Ella.
Ella, quien nada había inventado. Solo hablaba de su vida y sus amigos.
Para él era ella. La que algo le escondía, la que un arma traía.

Él no podía ver más allá de su vestido blanco.
Superaba las rodillas, usaba zapatillas y pelo corto.
De unos 15 años promedio. La dulzura y el erotismo eran compañeros de descripciones.
Él no quería ver.
Mordía sus labios para no caer.

Esa tarde cuando terminó de trabajar, subió como de costumbre. Planta superior.
Se quedó unos minutos y bajó.
Devuelta en su realidad, cogió sus cosas y se fue a la plaza más cercana.
Dio unas vueltas con el saco en mano. Paró, se quito sus zapatos y al recoger su maletín, una puntada rajó su pecho.
Ella estaba delante suyo.
Cayo sentado.
Ella se le acercó, le dió su mano. Lo levantó. Y al verse de pié se miró el cuerpo entero.
Medía lo mismo que ella. Sus ropas le colgaban. Había perdido su edad.
Ahora tenía 15.

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