3/01/2011

De la puerta para adentro.

Tengo ganas de tener una cajita musical, con una bailarina pequeña dentro y un espejito detrás de ella. Cargar la melodía y escuchar atentamente su sonido, ver sus movimientos y volver a cargar. Sentir cómo penetra mi piel y toca mis puntos. Y ver cómo recuerdo, cómo viajo y cómo descanso. Cómo trabajo, cómo entrelazo.
Sentir como llovisnan mis ojos al recrear ese cuarto, esa oscuridad abierta por una lámpara buscadora de luz. Y saber que divaguié tantas veces al verte sentado y a veces nervioso. Sin jamás creer que tanto nervio provenía de una gran mentira.
Su cuarto, imagen congelada de ropero, guitarra y mesa. Su laptop siempre conectada porque sino a la media hora se le apagaba. Su hermano que a veces abría la puerta para decirle algo, es lo que puedo imaginar como extra. Las tonalidades oscuras y rojizas con las que me conformaba y me ayudaban a terminar de dibujar su rostro. Debo añadir las veces que le pedía que pusiera el microfono para escuchar su voz, tímida y pavorosa.
Hemos de cerrar ciertas puertas para que no entren posibles amenazas.
Una vez entró un tigre y me sacó un brazo. Con el tiempo lo reconstruí y ahora lo tengo como hace 2 años atrás. Tardé bastante en crear celulas regeneradoras de tejidos y músculos, pero era la primera vez que sufría un percance de tal nivel.
Ahora entiendo cómo tendré que hacer si hay una próxima vez.
No quiero seguir hablando y olvidar esta gran lección. Los tigres todavía existen, no busco su extinción pero si una mejor preparación para aquellos que quieran vivir con puertas abiertas y la esperanza de que quien te sienta a lo lejos pueda entrar sin golpear y acercarse lentamente mientras te vé.

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